LA CASA DE CARTÓN.
Tiempo atrás nadie podría haber
aceptado el hecho, que se pudiera vivir en una casa de cartón. Pero los tiempos
cambian, y con ellos, los materiales de construcción. Cada día más personas,
invierten en estas casas movidos por diversos motivos.
El más corriente, es lo económica
que sale una casa de este tipo, son gratuitas, son desmontables, hasta cierto
punto impermeables, fáciles de sustituir, y sobre todo es portátiles. Los
fabricantes de estas casas, dejan a la imaginación del cliente, la forma que ha
de tener, lo grande o pequeña que será, y obviamente, la comodidad que dará al
cliente.
La distribución comercial de este
producto, era un desafío al principio, ¿cómo introducir en el mercado estas
casas, sin llamar mucho la atención, y que además fuera de uso internacional?.
Sería alguien experto en
marketing, el que propuso su distribución y uso y que fueran usadas de modo
inmediato. Pero se presentaba otra cuestión, ¿quién iba a querer estas casas,
si ni siquiera se sabía cómo tenían que construirse?.
Un coco de esos que trabajan en multinacionales,
ideó un plan que decía iba a ser infalible.
“Las casas no se pueden exponer en una exposición, esto está más que claro.
Propongamos a las tiendas que venden cocinas, frigoríficos, máquinas de aire
acondicionado y demás, que embalen esos productos dentro de esas futuras casas,
los fabricantes agradecerán que lleguen más protegidos, y con solo un pequeño
aumento de dinero en la cocina o el frigorífico, los destinatarios de estos,
estarán más contentos al ver que su cocina llega en perfectas condiciones a su
hogar. Se pueden poner asas, o practicarles pequeñas ranuras, para poder
facilitar que se lleven a las casas”.
La idea cuajó al instante, todos
los inversores estuvieron de acuerdo con el sistema, así se popularizó la
distribución de esas casas. La mayoría de los consumidores de frigoríficos, no
hacían uso de esas casas, pero estas, quedaban expuestas al lado de los
contenedores de la basura, lugar bien visible para miles de personas las vieran,
como si de una exposición se tratase.
El éxito fue tremendo, cada día
pasaban personas que se quedaban admirados por esas magníficas casas, con
carritos de supermercado, se las llevaban desde todos los puntos de la ciudad.
Tal ha sido el éxito, que a menudo hay peleas, discusiones y hasta navajazos,
por apoderarse de alguna de esas casas.
A pesar de esos enfrentamientos
inevitables, hoy día quién quiere, puede alojarse en una de esas casas.
Lamentablemente, es solo gente desahuciada de sus casas quién las usa, pero un
día de esos que apetece salir de paseo, era verano, me acerqué a casa de un
amigo a ver juntos un partido de fútbol, casi en la entrada de su escalera,
observé como un señor bien vestido, estaba comenzando a desplegar su casa para
pernoctar, le di las buenas noches y me pidió un cigarrillo. “¿Qué, preparándose para dormir…”. “Si señor, aunque la verdad, es que esto me
viene un poco grande ¿sabe?, yo soy médico, sé de bisturíes, de sondas, de
máquinas de rayos x, y ya ve, estoy aquí hecho un lio a la hora de disponer los
cartones de forma coherente. No queda más remedio, hay que adaptarse, de una
casa de doscientos veinte metros cuadrados, he pasado a esta casa de menos de
un metro, afortunadamente es solo para dormir, luego durante el día, paseo y
visito lugares que antes por motivo de mi trabajo no conocía siquiera”. “No puedo creer lo que me está diciendo”.
Sacó del bolsillo trasero del
pantalón su pase de hospital, y me enseñó, envueltos en un rollo de plástico,
los diferentes títulos que a través de los años había obtenido. Habría sido una
falta de delicadeza preguntarle porqué vivía allí, pero era obvio que se había
quedado en la ruína.
No pude subir a casa de mi amigo,
lo llamé desde el portal y le dije que me había salido un imprevisto. “No haga usted eso hombre…”, me dijo el
médico, “Aproveche la oportunidad que
tiene de conservar los amigos, piense que si algún día los pierde se puede
encontrar como yo, con solo lo que lleva puesto, y una casa de cartón”.
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