LA MANTA.
No me preguntes, no sé cuántos años tiene esta manta. Lo que
si sé, según me han contado en casa, es que tiene más de cuarenta años. ¿Qué no
te lo crees?, allá tú, mi abuela me dijo un día que preparaba la ropa de
invierno porque ya comenzaba el frio, que en esta manta nací yo.
¿Qué te parece?, en aquellos años, muchas mujeres parían en
casa, y en el instante que mi madre se puso de parto, ella se la puso debajo
junto a unas gruesas toallas. Para cuándo nací, la envolvió con pate de la
manta que colgaba y nos tapó a los dos. No sé si será esta la razón de que
sienta cierto… no puedo explicarlo, pero cuando visto la cama con la manta, me
cogen ganas de nacer de nuevo. Solo por saber que encima de ella se abrieron
mis ojos, en cuanto la tengo puesta, retozo sobre ella cual si fuera un niño
chico.
Ha perdido el color, no del todo
claro pero en buena medida sí, imagínate, ¡después de tantos años…!, pero sigue
calentando, es ligera, y cómoda, porque te permite moverte con mucha soltura dentro
de la cama. Ha sufrido algunos cambios,
antes era de matrimonio, con el tiempo, mi abuela la recortó y la dejó a la
medida de mi cama, que es más pequeña. Le cosió un acabado de seda azul y ahí
la tienes, nueva como el primer día.
Más de una vez, mi madre me ha
propuesto cambiarla por una de esas fundas nórdicas de plumas que venden hoy
día, insiste, pero yo le digo que no, que no me hace falta teniendo mi manta,
no soy friolero y la manta calienta lo suyo. Mi padre le dice… “Déjalo, así
ahorramos”, yo no atiendo a estas opiniones teniendo mi manta.
Eso sí, un día me enfadé mucho
porque alguien de casa echó mano de ella para ponerla en el suelo un día de
campo, imagínate que se hubiera manchado de aceite, o que se hubiera roto, me
cogió un cabreo que para qué, deberían pensar que era una manta vieja que ya
había cumplido su cometido. Pues mira, de eso hace ya diez años y todavía la
uso, a veces mi madre pasa por delante de mi habitación y me mira con cara de
melancolía, seguro que es por la manta.
Me ha acompañado en algunas
vacaciones que he hecho, hace pocos años hicimos una travesía de los pirineos
un grupo de amigos, todos con sus sacos de dormir y tiendas de campaña, menos
yo, compartía la tienda con dos amigos más pero dormía en mi manta, y anda que
no estuve caliente acampando por aquellas montañas de dios.
Venga vamos a terminar de cavar
la tumba de Bossi, es el único que ahora merece estar caliente bajo tierra, que
buenos ratos he pasado en su compañía, desde pequeño ha dormido a mis pies, un
gran perro sí señor, creo que es el digno sucesor del uso de la manta, ya sé
que está muerto y que no siente la caricia de la lana de mi manta, pero se la
debía, parecía que me la reclamara cada vez que se tumbaba sobre ella cuando
nos acostábamos. Adiós Bossi, adiós manta querida.
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