domingo, 2 de junio de 2013


                    TORTURA Y PENA DE MUERTE.


La tortura, siempre ha sido un método disuasorio para lograr dos cosas diferentes, primero, lograr una confesión del reo, del tipo que sea, segundo, sencillamente hacer sufrir a alguien para que sepa que por encima de todo, hay una autoridad suprema, que tiene el derecho o la oportunidad, de tenerlo bajo su bota.
Torturas hay miles diferentes, desde las físicas que no nombramos por crueles algunas de ellas, hasta sicológicas, que destrozan la mente, hasta convertirla en natillas.
Lo peor de todo es, que después de la tortura llega la muerte, a veces rápida y expeditiva, otras, lenta y dolorosa. Esta muerte no siempre tiene que ser literal, en ocasiones es simbólica, tiende a ser esa muerte, que te anula, que hace que desaparezcas para los demás, que te arrincona, de modo, que hasta la persona afectada, se acopla al rincón en la que se ve metida y muere sin remedio olvidado de todos.
Teme salir de allí, no vaya a ser que al ser vista por el resto, acabe siendo lapidada de un modo u otro.
Es algo así como que después de la tortura, tenga que llegar indefectiblemente la muerte. ¡Una muerte en vida…!, ser enterrado vivo, sin que te falte el aire, eso sí, pero muerte al fin y al cabo, se terminaron los proyectos, las metas, los objetivos, otros toman decisiones por ti y para ti, conforman tú estilo de vida, te dicen que debes comprar, cuándo y cómo hacerlo.
Ahí comienza el tormento, un tormento sutil, casi agradable, que dibuja las celdas de tortura, con hermosos escaparates llenos de luces de neón, boutiques asombrosas, joyerías de escándalo, concesionarios de automóviles sofisticados, que te hacen parar, cayéndote las babas ante las cristaleras. Muchos letreros luminosos con la popular frase, “¡COMPRE HOY Y COMIENZE A PAGAR EL AÑO PRÓXIMO!”.
A pues si es así, compro, ¿por qué no?. No nos damos cuenta que detrás de esto hay unos monstruosos individuos con máscaras para que no se les vea la cara, agazapados, esperando a que alguien atienda a este reclamo insinuante, con mujeres hermosas cuando hace falta, con perfumes atractivos a modo de ambientadores, que van dejando suaves aromas que atraen a nuestros cerebros.
No hace falta que llevemos dinero en el bolsillo, el dinero de plástico garantiza las compras que podamos hacer, y en ocasiones, las que no podemos. Pero la rueda sigue girando, como si de una ruleta rusa se tratase, una, que señala directamente a nuestras cabezas, y que nosotros mismos hacemos girar apretando el gatillo.
Gaste, compre, alquile, pruebe, si no le gusta, le devolvemos el dinero. Ese es el tormento que nos espera, casi siempre es involuntario, si no gastas, terminas, porque alguien llame a tú puerta un día, y te pregunte con voz poco amable… ¿pero tú en qué clase de mundo crees que vives?, ¿qué es lo que quieres, ser ejecutado?. Si renuncias por cualquier motivo a aceptar el trato que te proponen, terminas por ser un “intocable”, como en la India se les llama a la clase más baja dentro de aquella sociedad.
Pero nadie lo quiere ser, renunciamos a ser considerados así, de modo que nos arrojamos a la calle en pos de la búsqueda del tormento que precede a la muerte. De cualquier manera, la muerte la llevamos marcada a fuego en nuestra frente, a fuego, como el ganado que lleva el distintivo de determinado propietario.
Se nos anuncia desde los altavoces del consumismo… “NO SEAIS TONTOS, NO CAIGAIS EN ESTOS PECADOS, SE PAGAN MUY CAROS”. Sin saber la gran mayoría, que estamos condenados a una muerte acelerada. Ya no tenemos capacidad de movernos, de pensar libremente, sin que alguien nos diga cuando hacerlo y como.
A los que anuncian de antemano la debacle que puede llegar a suceder, se les aparta de en medio, de les siega como la hierba, y luego, se echa sobre ellos sulfatos agresivos, para que no reaparezcan.
Ya hemos entrado en la sala de los tormentos, ahora queda, una feliz estancia más o menos corta en ella, para finalmente, hacer que nuestras esperanzas e ilusiones, se desvanezcan como el humo llevado por los fuertes vientos. Encadenados al sistema infalible, gritamos, nos quejamos, protestamos, pataleamos, ahí podemos hacerlo sin peligro a ser oídos por los demás, estas paredes están insonorizadas, no conviene, que la generación que llega detrás, que ya tiene plumas y ha echado a volar, oiga los gritos de los que se preparan para la muerte precipitada.
Los verdugos cambian de turno, se ponen sus trajes con corbata, y comienza de nuevo el ciclo de proselitismo de estos pobres incautos, que acabarán después de muertos los primeros, a llenar las mazmorras de los atormentados, y la vida sigue…


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