domingo, 12 de abril de 2015

SOLDADITOS DE PLOMO


                                            LA VICTORIA DEL SOLDADITO DE PLOMO

Ahora, como el ejército es profesional y no hay trabajo, me he buscado este curro, voy a ser soldado. Ser soldado ahora no es como antes, antes había muchas guerras y no sabías nunca donde te iba a tocar pegar tiros. Ahora todo es diferente, en nuestro siglo las cosas son completamente diferentes, mis padres ven bien que me haga soldado, les digo que es lo mismo que ser oficinista, soldador, carpintero o cualquier otro oficio del mundo. Claro, como no tengo formación académica, no me queda otra alternativa, allí te visten, te dan de comer bien y un techo donde puedes estar cómodo, además, haces amigos por un tubo.
Está decidido, se incorpora al ejército después de pasar determinadas pruebas, como todos los reclutas tiene que soportar cierta presión al principio. Ya se sabe que los oficiales se meten con los nuevos y les insultan, los presionan, le preguntan si va a ser un buen soldado. Responde como todos que sí, que él no le teme a nada y que la vida dura del soldado está hecha a su medida. Ya ves... hablar por hablar, lo cierto es que no sabe bien lo que significa ser soldado, estamos en la Unión Europea y eso compromete a mucho.
El primer permiso que tiene lo dedica responder las preguntas de amigos de su barrio, los de toda la vida, les dice que aquello es la leche, que hay compañerismo de verdad, que todos son una piña. Obvia las novatadas que les hacen los viejos, los que llevan en el ejército cuatro o cinco años. Ha ligado con una chavala que se ha quedado prendada del uniforme que luce, pasan la noche juntos en casa de ella, luego, por la mañana, antes de que venga el novio a buscarla para ir a casa de los suegros a hacer una paella, la de los domingos, se va a casa de sus padres, duerme un poco y luego, antes de marchar por la noche con el bus que los recoge a todos en determinado lugar para volver al campamento, abre la vitrina de su cuarto y limpia uno a uno los sodaditos de plomo de la colección que posee.
Los que más le gustan son los soldaditos de la legión, los estandartes y la cabra que los acompaña, el símbolo de la legión, va acompañada de un gastador barbudo y corpulento. La madre lo despide envuelta en mar de lágrimas consolada por el padre que le dice al soldado Gabriel que tenga cuidado, después, se cuadra uno frente al otro y se saludan marcialmente, se cierra la puerta a la espera de recibir noticias de su hijo.
Los soldaditos de plomo de la vitrina no cambian de aspecto, no se entristecen ni se alegran de la marcha de su dueño, están ahí, impertérritos, formando y desfilando de forma estática. Gabriel saluda los amigos que han tenido el permiso junto a él. Se cuentan las batallitas que han tenido el fin de semana, se ríen a placer escuchando las historias de sus compañeros, anécdotas y cosas que cada cual ha estado haciendo durante el fin de semana. Cuando llegan al cuartel, el oficial de guardia les dice que mañana tienen que formar a las seis de la mañana, van a ser trasladados a otro cuartel. Se miran unos a otros, murmuran, nadie les ha dicho nada al respecto cuando les dieron el permiso, no están en condiciones de hacer preguntas, son soldados, han jurado la bandera, y con ello, se han comprometido a morir si es preciso por la patria.
Llegada la mañana del lunes, con la vestimenta de camuflage suben a los camiones, les acompaña un batallón de soldados, bregados ya en peleas serias, gente que han estado en fronteras y han tenido que responder a fuego enemigo. Gabriel y otros como él, se lo miran todo con incertidumbre, ¿adonde puñetas vamos...? tres horas de camión y con el culo hecho jirones de tanto golpeteo, llegan a una zona de descanso, les dan raciones para comer y después de media hora, de nuevo a los camiones. No les da tiempo más que para comer, no pueden hablar del asunto que tanto les ha sorprendido esta mañana otoñal.
Por la tarde, después de todo el día de carretera, llegan a un campamento de formación, va comenzar la prueba de fuego para esos soldaditos de plomo. Hasta ahora no han hecho más que comer y dormir, las cosas van a cambiar. Durmiendo solo siete horas a duras penas, el resto del día lo pasan en la instrucción, manejo de armas, entrenamiento físico y pruebas de aptitud que no todos pasarán. Gabriel las pasa todas, es su oficio, recuerda a sus soldaditos de plomo, no va a ser uno de ellos, está preparándose para entrar en batalla si hace falta.
Ese es un fenómeno extraño, cuanto más se instruyen, más ganas tienen de pegar tiros contra alguien oye. Uno de los amigos de batallón le dice...    ¿Y todo esto para no hacer la guerra...? vaya mierda. ¡Si ahora no hay guerra contra nosotros hombre...! lo que pasa es que tenemos que estar preparados para cualquier contingencia. Y sí, a los cuatro meses conocen su nuevo destino, tienen que ir a proteger una frontera de posibles ataques terroristas. Los veteranos se ríen de algunos de ellos que tienen una cara de miedo que asusta verlos, son sobrevivientes de los cascos azules, han sido destinados otras veces a lugares, que no quisieran que nadie viera, misiones de protección de la población asediada en otros países.
¡Cuantos de ellos quisieran estar metidos en la vitrina de Gabriel, decorando la habitación de este, ser desempolvados de vez en cuando por su dueño! Colaboran con fuerzas de la ONU, al gobierno se le exige que cumpla con su parte, en acuerdos que están suscritos desde hace años.
Aviones del ejército los lleva al lugar donde van a desarrollar su misión. Lo cierto es, que algunos van meándose a pedal, piensan en sus padres, otros en sus mujeres e hijos, otros en sus novias, con las que se iban a casar dentro de poco. La realidad es que van a ser puestos a prueba de verdad, no son soldaditos de plomo ahora, no hay tiempo para lamentaciones, tampoco quieren pensar mucho en la familia que han dejado atrás, a la larga eso no les beneficiará. Es bueno no pensar en esas cosas ahora, tienen que ponerse al día con las circunstancias en las que se ven envueltos, lo primero que se les encarga, es que vayan al mercado a buscar provisiones para la tropa, no es un mercado como otros, es un mercado de abastos grandísimo, naves prefabricadas contiguas unas a otras, acogen mercancías de todo tipo, van escoltados por soldados franceses, con un par de todoterrenos con ametralladoras en el techo, estos abren y cierran la formación, en mitad de los cuatro camiones de carga, un vehículo blindado con tropas en su interior.
¡Me cago en la leche... donde nos han metido esta gente! Cállate y no hables más, eres un soldado coño, le contesta al soldado que se queja un sargento que está muy tranquilo y se deja llevar por el traqueteo del camión. A mi orden todo dios abajo a cargar lo que os dejen en el muelle de carga ¿de acuerdo? Si mi sargento, contesta Gabriel. Bien, pues tranquilos, no tenemos ninguna alerta de que vaya a pasar nada ¿vale chicos?
Es en esas ocasiones, cuando más te tranquilizan cuando hay que estar más alerta, ellos van desarmados, solo llevan las semi automáticas en el cinto, sujetas mediante vélcros recios a la pierna con tres cargadores en el cinto. Ya regresan, se felicitan por haber pasado la primera salida, sin sustos ni contrariedad de tipo alguno, los compañeros los felicitan, les han llegado alimentos frescos y lo celebran. Aunque la tranquilidad dura poco, a unos cientos de metros, un blindado ha saltado por los aires, cuatro soldados han quedado reducidos a cenizas, eran soldados canadienses, de inmediato salen fuerzas armadas con una tanqueta al frente, hay que auxiliar a los posibles heridos. Un teniente a cargo de un pelotón de veinte hombres sale tras el vehículo blindado, dos Hammers se incorporan a la formación, desde la torre de guardia se observa el cráter que ha producido la explosión, cuerpos mutilados esparcidos por la carretera y un círculo de soldados que ya han tomado posición con tiradores de élite en cuatro esquinas.
Gabriel se santigua, no es creyente ni nada por el estilo, pero parece que dios, aparece recordado en estas circunstancias, no en vano hay una tienda capilla en el campamento, y por supuesto un capellán castrense para atender las necesidades espirituales de los soldados católicos, no hay capilla para otras confesiones religiosas, solo para los que creen en Cristo, la Virgen María y Dios, nuestro señor. A los demás se les debe considerar apátridas de dios, además si requieren los servicios de la capilla, cualquiera de ellos puede entrar a rezar lo que quiera y a quién quiera, nadie se lo va a impedir. La iglesia católica es eso, universal, es lo que significa.
Gabi ¿tu crees que saldremos de esta? le pregunta un amigo artillero. Claro hombre, como no vamos a salir de aquí, el índice de mortandad en este rincón del mundo es muy bajo, en lo que se refiere a soldados quiero decir.  Pues fíjate tú que consuelo... lo que significa que cualquiera de nosotros puede saltar por los aires en cualquier momento. Somos soldados tío, estamos para servir a nuestra patria... por lo menos yo lo veo así.
Patrullan continuamente los cascos azules, comercian con la gente de la ciudad, compran drogas y licor aun a riesgo de ser castigados por ello, pero las cosas funcionan así. Tienen prohibido confraternizar con las mujeres de la zona, pero eso no impide, que las usen como prostitutas y hasta violen a las que se niegan a sus deseos. Es lo que tiene el ir armado, ven un fusil automático y les coge pánico de los soldaditos que luego, delante de las armas de los milicianos, huyen como ratones.
Gabriél en una de las patrullas habituales, está dentro del blindado con los compañeros, hace frío, en la calle no se puede estar sin parar de darle patadas al suelo o frotarse las manos sin cesar. Así no se puede estar seguro, por ello se mete en el coche, cuando cierra la puerta del vehículo se escucha un trozo de hierro que rueda por encima del techo del vehículo, asoma la cabeza y le salta en mil pedazos, su cuerpo decapitado, cae al suelo como un saco de arena. A sido todo un héroe, ha muerto como un auténtico soldado a quién el ministro de defensa colocará una cruz al mérito de guerra con honores sobre su féretro.
No lo repatrian solo, con el Hércules del ejercito, viajan cuatro heridos de guerra más y seis soldados que como él, visten de madera de nogal. ¿Quién va a quitarles el polvo ahora que él no está, a los soldaditos  que noche y día desfilan en la vitrina de su habitación? Claro, son de plomo, pero si tuvieran corazón que latiera en su interior, se felicitarían por haber sobrevivido a esta absurda guerra, fruto de acuerdos maquiavélicos de gentes que en el fondo consideran la muerte de los soldados una estadística más que archivar.

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