EN LA
OSCURIDAD DEL SALÓN
Está
helando fuera, en las calles del pueblo, está llegando el invierno y en esta
zona del país los otoños son invierno, en la otra punta del mapa. Los dos
vecinos hablan de sus avatares en la vida, el ambiente y las circunstancias se
prestan a ello. Ella es una mujer sensible y sincera, que reconoce estar
anclada en sus recuerdos, eso de por sí no es malo, todo lo contrario, cuando
has vivido muchos años, la mente se llena de nostalgias, de problemas pasados,
de acontecimientos felices que han llenado la vida.
Él
escucha y atiende, se identifica con esta mujer, los seres humanos compartimos
muchas cosas que ignoramos, no somos iguales, eso por supuesto, pero dentro de
nuestro ser, golpea con fuerza el corazón que nos alienta a seguir adelante,
sea como sea y con quién sea.
Cae
la noche de forma casi radical, la luz que poco a poco se ha ido apagando
fuera, en las calles del pueblo, hacen que las pupilas de ambos se dilaten para
captar la mínima luz posible. En este caso concreto la luz que los alumbra, es
la de una lámpara de despacho, una bombilla de baja potencia, de poca luz que
invita a desnudarse y seguir calientes dentro de este escenario. Los dos, una
vez uno y otra el otro van desprendiéndose de su vestimenta, empieza el juego
del saber el uno del otro, de recomendarse mutuamente sugerencias y sabores de
la vida, llegan a estar desnudos, frente a frente, sentados frente afrente a un
metro de distancia. Se van despojando de inquietudes, de lamentos que no les ha
llevado a nada, se interrogan, se estudian, hay momentos en que los dos
llorarían al recordar el otro, determinadas experiencias.
Reina
la oscuridad en el salón, el instante propicio para hacerse confesiones, para
inundarse del placer del intercambio de sentimientos, los dos vecinos entienden
perfectamente la situación, es un hecho que los dos se necesitan, viven solos y
están profundamente heridos. No son heridas que necesiten puntos de sutura, son
heridas internas, que ningún médico pueda tratar, salvo la solución que cada
uno de ellos debe determinar poner a sus inquietudes y deseos más profundos. Se
dicen lo mucho que se aprecian, casi sin decirse nada que lo manifieste, se
cuentan el mal que les mantiene en esta situación de espera, de desesperación,
están ambos en off, sin saber muy bien, que pueden esperar del otro.
Cuando
llegas a un lugar como este, rebotado de otro lugar, necesitas caer de pies en
el suelo, no estar danzando como una bola lanzada al aire, a la buena de dios.
Se explican cosas, se cuentan circunstancias extrañas para uno, raras para el
otro, con la intención de acercarse cada vez más, de conocerse y quererse con
absoluta lealtad, desean la dependencia mutua, que naturalmente trae el saber
cómo es, el jugador que tienes ante ti. ¿Qué sino es la vida, más que un juego
en el todos los humanos danzamos a tenor de la música que nuestros corazones
tocan? Las pupilas ahora casi completamente dilatadas ven más que nunca, los
dos vecinos se convierten en felinos que sin estar de caza salen juntos a ver
como es la noche completa, durmiendo, descubrirán quizás, que la vida esconde
placeres que van más allá de lo imaginado.
¡Me
gustaría tanto haber estado presente en esta íntima conversación constructiva y
valiente…! Intervenir no, esto queda para ellos, son los que se están
descubriendo, los que cazan juntos, ideas, planes que no lo son de por sí,
simplemente esperanzas nacidas de incertezas, de conspiraciones que nacen de
querer algo sin saber muy bien porqué, ni cómo lograrlo. Parece un juego
infantil, fácil y desmañado al mismo tiempo, que nace de mentes castigadas por
el tiempo y la desmesura, de errores y aciertos.
Determinadas
pastillas inducen al sueño, los músculos se relajan y les vencen, ahora es hora
de observarse más que de hablar, de verse, mirarse a los ojos y desearse buenas
noches, de dormir plácidamente, de desear con que quieren soñar ambos, dejar
que pase esta noche, y esperar que llegue de nuevo el sol de la mañana si es
que el hombre del tiempo acierta en las predicciones.
Para
la noche, el mismo escenario, las mismas rutinas, los llevará seguro, a caminar
otro trecho juntos, en este gran camino que todavía queda por recorrer. Se
quieren como amigos, se deben ante todo respeto, bastante perdieron ya por sus
andaduras anteriores, ahora el paso es más lento pero por otra parte más firme,
no hay prisa, no tienen veinte años, cuando el corazón más fuerte aunque más
inconsciente golpeaba sus cuerpos con metas diferentes.
El
corazón cuando uno se hace mayor, hay que cuidarlo más, puede ser tan peligroso
como cuando joven, pero el cuerpo no permite excesos, la mente no cabalga, solo
camina, y lo hace con más sobriedad, con más calma, hay que aprovechar la
oscuridad que les presta estos momentos, momentos que no aprecian los que son jóvenes,
que ha manudo fustigan sus fuerzas a base de andar a ciegas, siempre con mucha
luz porque todo lo tienen claro.
Ellos
no, caminan con poca luz, desvelando poco a poco que es lo que quieren y como
pueden llegar a obtenerlo sin herir los pocos sentimientos que les quedan, en
la oscuridad del salón.
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