lunes, 9 de junio de 2014

CÁNDIDA.


                                                    CÁNDIDA


Su madre siempre le llamaba la atención ya cuando era niña, aquella niña parecía llegada de otro planeta. Cada día del mundo tenía que preguntarle si se había comido el bocadillo que le preparaba para el colegio, Cándida que no sabe mentir, sabía de antemano la bronca que su madre le daría, pero no dice que ha hecho con él  “Cada día igual hija mía, esto no puede ser, tu no comes, y tu padre trabajando en el fondo de la mina para darnos de comer a todos, desde luego… no sé que vamos a tener que hacer contigo”
Ella calla, sabe que su madre es demasiado bondadosa como para pasar de ahí, solo unos gritos y basta. Cándida regala el bocadillo que su madre le prepara con cariño, un día de queso en aceite, otro de lomo embuchado, otras veces de chorizos y otras viandas, fruto de la matanza que cada año hacen, del cerdo que engordan. Camino del colegio, tiene que caminar hasta llegar a la carretera principal desde su casa, tres kilómetros montaña abajo, pasa por medio de otras propiedades de vecinos, es una protección al fin y al cabo.
Lo que nadie sabe, es un secreto bien guardado que ella tiene, es que después del mojón de piedra que señala la salida a la carretera, debajo de una encina, y escondido de todo el mundo, vive un chico tullido de poco más de quince años, que apoyado en una rústica muleta de madera que se ha hecho él mismo, la espera a diario, le da los buenos días, le pregunta que tal se encuentra y a renglón seguido, le pasa el bocadillo que lleva para el colegio. Es un bocadillo abundante, tiene que pasar con él todo el día, hasta la vuelta a casa por la tarde. Cuando llega de la escuela, comienza a cortarse trozos de queso, a devorar frutas, la vida en el monte es dura, la mina más todavía, si cabe, cuando padre llega a casa, saca fuerzas de flaqueza para jugar con Cándida que ya ha terminado los deberes, se regalan caricias, besos y juegan juntos al lado de la pequeña huerta que tienen, en la era.
Pasan los meses, ha llegado el invierno, ¡y vaya invierno…!, nieve, ventiscas que cortan la respiración de lo heladas que son, ahora Cándida lleva unas cuantas noches casi sin dormir, los efectos  se dejan sentir en su rendimiento escolar, Serena la profesora, hace llamar a los padres de la niña, no puede ser, algo va mal, no es normal que haya bajado su rendimiento en el colegio de esta forma. Úrsula la madre de Cándida, habla con la profesora y luego con su marido, por la noche, cuando este libra de la mina, hablan con ella. Está triste, apagada, ha perdido la luz que sus ojos siempre tienen, unos ojos de un azul profundo, grandes y rasgados.
“¿Qué es lo que pasa Cándida, que es lo que te preocupa?” Ella mira a uno y otra, se le saltan las lágrimas de los ojos, sin decir nada, no quiere descubrir el secreto que tiene guardado, se levanta de la mesa y corre hacia su habitación, en el piso de arriba de la casa.  “Espera Cándida, por favor dinos que es lo que te preocupa, queremos ayudarte…”  “No podéis, es imposible” Ahora si que se preocupan de veras, jamás se había comportado de este modo, su padre la sigue, antes pone una mano sobre el brazo de su esposa y le dice que espere, “voy a hablar con ella, luego te cuento” Ha pasado media hora, la puerta de su habitación permanece cerrada, padre e hija, hablan, Úrsula oye desde abajo, pero no sabe exactamente lo que hablan. Finalmente Arcadio baja lentamente las escaleras, va en busca de su esposa, tiene los ojos humedecidos. El hombre coge su tabardo y la chapela paraguas, es una gran boina, tejida de manera que es impermeable, amplia muy completa, se la cala y sale de la casa  “voy a salir un rato mujer, no te preocupes si tardo, tengo que hacer un recado para Cándida, déjala en su habitación, con suerte hoy mismo se acaba esto”
La mujer no entiende nada, pero sabe, que lo que acaba de decirle su marido es una sentencia, y la acepta, siempre ha sido así, Arcadio siempre ha demostrado ser un hombre cabal, juicioso y con muy buen criterio para casi todo. Sale de la casa con una linterna en el bolsillo, tiene un foco grande, la usa a diario cuando sale hacia el trabajo, desaparece en mitad de la tarde noche, en el monte se pone el sol de manera alarmantemente rápida, son las seis de la tarde y ya es noche cerrada. Úrsula se ha escanciado un vasito de orujo, a pesar del fuego, la casa siempre está un poco fría, se sienta en una silla baja junto al fuego, con los pies tocando el borde de la piedra del hogar y se pone a hacer calceta, está a punto de terminar un suéter de cuello alto para su marido, allá abajo en la mina, a doscientos metros bajo tierra, siempre hay corrientes de aire, son necesarias para que no se almacenen los gases tóxicos, el peligroso grisú que tantas vidas se cobra al año.
Son casi las nueve de la noche cuando se escucha ruido afuera de la casa, Úrsula se asoma a la ventana de la cocina, aparta los visillos y aprecia dos sombras que se acercan, una es la de Arcadio, lo reconoce por su forma de caminar inconfundible, la otra… no sabe de quién se trata, pero se apresura a abrir la puerta de la cristalera exterior. Arcadio entra con una sonrisa en los labios, su mujer se lo queda mirando escéptica, un muchacho rubicundo y tullido, apoyado en una muleta mal hecha, entra en la casa medio descoyuntado, parece que en cualquier momento, vaya a caer al suelo como una muñeca rota.  “Bueno Cecilio, ya estamos en casa, ella es mi esposa, su nombre es Úrsula, Úrsula él es Cecilio, es un amigo de nuestra hija Cándida”  “Mucho gusto Cecilio, bienvenido a nuestra casa –apostilla Úrsula con cierto estupor- pasa y siéntate, ¿as comido algo para cenar?”  “Pues la verdad es que no, señora, tienen ustedes una casa preciosa”
Poco a poco, desde la segunda planta de la casa, se escuchaba movimiento, Cándida estaba saliendo de su escondite, comenzaba a bajar poco a poco las escaleras, descalza, con unos gruesos calcetines de lana, dando pequeños pasos sobre el piso de madera, bajaba las escaleras, asimilando las voces que se escuchaban abajo. “Venga Cándida, que aquí hay alguien que te está esperando… ¡venga mujer!”  Apareció en el umbral de la puerta de la cocina, con los brazos plegados sobre la falda, la cabeza baja, a Cecilio le brillaba los ojos, comparar el frio del bosque, con el calor y la hospitalidad que se le mostraba en ese instante, bien pudiera hacerle tener esa reacción. O bien, el ver de nuevo a Cándida, la niña que tan atentamente se había ocupado de él, durante el último año.
Un leonés escapado de su casa a causa de los maltratos sufridos, que se había despeñado por un congosto, que se destrozó la pierna, y de alguna manera, se resistió a moverse de allí hasta que se fue curando poco a poco, una curación que no llegó al completo, de ahí que fuera arrastrando esa pierna derecha, con la bota completamente desgastada, tras arrastrarla durante tanto tiempo, por no poder enderezar la pierna maltrecha. Volver a su casa ya no podía, moverse del lugar donde fue a parar tampoco, estaba a merced del destino que llegó en forma de una niña de doce años, que se paró un día que hizo novillos, y se puso a beber agua del arroyo que bajaba de la montaña, agua cristalina, pura, agua divina aquella, la que le puso en contacto con Cándida, ese día Cecilio se dejó ver. Quizá intuyó que aquella era una oportunidad única, decisiva, que marcaría el comienzo de una nueva oportunidad en la vida, y así fue.
Después de calentarse, de comer un plato de un guiso magnífico que su madre hace, de carne de vaca con patatas y verduras, Cecilio se siente observado, es lógico, una persona nueva en casa, los cuatro presentes en la mesa, tratando de dilucidar que es lo que va a pasar ahora.  “Eha pues, vas a dormir en esta habitación al lado de la cocina, no es caso de que vayas arriba y abajo en las condiciones que te encuentras, detrás de esta puerta tienes un retrete, ¿qué te parece Cecilio?”  “Son ustedes muy amables, si me lo permiten quiero darle especialmente las gracias a Cándida, si no nos hubiéramos conocido, no estaría hoy aquí”
Los padres de la chica, se sonríen mirándose, cierto, ahora se dan cuenta de una de las cualidades que definirían el carácter de su hija.  “¿Te das cuenta que solo les separan tres años? quiero decir querido mío, que a lo mejor Cándida está enamorada de este chico, no creo que solo haya sido cosa de que le diera lástima ese muchacho”  “No adelantes acontecimientos Úrsula, ahora a dormir, que estoy rendido y mañana tengo que levantarme a las cinco, anda ya hablaremos, buenas noches cariño” Esta corta conversación que mantienen en la habitación, deja muchas interrogantes en el aire, pero tiene razón Arcadio, no hay nada que se pueda hacer delante de determinadas circunstancias, no queda más remedio que esperar. Hay un dicho popular que reza así “Quién espera desespera”, eso es lo que le sucede ahora a Úrsula, el hecho de tener una hija preadolescente, y tener en casa de manera obligada por las circunstancias a Cecilio bajo el mismo techo, la llena de inquietud, la mantiene en una alerta continua.
Existen razones de peso para que esté inquieta, ¿y si al muchacho lo está buscando su familia, que podría pasar si lo encontraran en su casa? Cándida al margen estas inquietudes, se apresura todo lo que puede, para regresar de la escuela lo más pronto posible a su casa, quiere compartir con Cecilio todo cuanto tiene, sus juegos,  sus inquietudes, quizás confidencias que comparten, desde el tiempo que hace que se conocen. El muchacho, muestra su deseo de marchar en cuanto le sea posible, ahora no puede ir a ninguna parte, las gentes de este valle, están en cierta forma aisladas del resto del mundo, es una vida paralela a la que otros mortales llevan, nada es igual que en la ciudad, desde que amanece hasta que el sol se pone de nuevo, estas gentes cacereñas, no viven la misma vida que el resto de paisanos de ciudad.
“¿No estás bien en esta casa?, mis padres te dijeron desde el principio que la consideraras como tuya…?”  “Ya lo sé Cándida, pero no soy miembro de esta familia, no me acostumbro… lo cierto es que no sé explicar lo que siento”  “Habla con mi padre, es un hombre muy listo, aunque sea minero, no quiero ni pensar en lo que sería de nosotras si él faltara. En serio, ábrete a él, si le dices lo que te inquieta, sabrá aconsejarte, seguro” Claro está que la muchacha no ha captado la auténtica inquietud de Cecilio, no se da cuenta que se pone nervioso cada vez que habla con ella, se hace vidente que se está enamorando de esta chiquilla, ¡que se le va a hacer…! hay cosas inevitables en la vida, y esta es una de las más inevitables. Sea el enamoramiento pasajero o no, no se pueden dar rodeos para evitarlo, cuando surge,  es como un geiser, que no tiene otra escapatoria, que el pequeño espacio en la tierra por donde debe escapar.
Cecilio se resiste a hablar del asunto con Arcadio, pero lo que no sabe, es que no hace falta que le diga nada, el matrimonio sabe lo que pasa por la cabeza del chico. Si vivieran  en la ciudad, probablemente este acontecimiento, sencillamente no habría sucedido, pero en una casa, separada del pueblo, donde la vida transcurre viéndose las caras constantemente los unos a los otros, la cosa es bien diferente. En la región, se dan muchos matrimonios jóvenes, parejas que se han llegado a hacer viejos juntos, con descendencia, hijos y nietos, y de ahí, surgen nuevos matrimonios,  es la ley de vida de estas gentes. Aunque hay un factor que a los padres de Cecilia no se les escapa, es demasiado joven, doce años es una edad en la que todavía las niñas juegan con muñecas, que no es precisamente su caso, la niña cocina, limpia la casa junto a su madre, cuida del huerto y de los animales que tienen.
“¿Cómo ha podido pasar algo así Arcadio, a nosotros, a nuestra hija?”  “No hay nada que se pueda definir en estos asuntos, se ha enamorado de ella y punto. Por otra parte, no creo que ella sea consciente de lo que Cecilio siente por ella, es un problema, un problema menor claro está, pero todo y así, lo que creo que sinceramente sentimos, es perderla. Perderla desde el punto de vista que nos falte, que la tengamos que compartir con otra persona, en realidad, con un extraño” Se dan ha menudo estas conversaciones entre la pareja, desde hace un par de meses, no hacen más que hablar de esta cuestión, cuando llega la hora de acostarse, ambos saben, que finalmente todo se reduce a una cuestión de paciencia, de espera, de expectativas aceptadas de antemano, que llevarán a un resultado sea cual sea.
El muchacho, después de una aceptable atención médica, queda con una leve cojera  “Habría que romper el hueso de nuevo para poderlo colocar todo en su lugar, pero es que a estas alturas, hasta la musculatura se ha adaptado a recorrer la pierna del modo que lo está haciendo ahora. Si quieres, podemos intervenir para solucionar este asunto, pero tendrías que pasarte una buena temporada en el hospital, hay que pensar en la rehabilitación, y viviendo donde vives, sería mejor que estuvieras cerca del hospital” Las explicaciones médicas han sido de lo más razonables y sinceras, pero se da el caso, que a Cecilio, no le hace ninguna gracia separarse de Cándida, de manera que se conforma a quedar como está ahora.
Son tantas las bajas, que causa la mina, no solo por accidentes en los que algunos terminan en muerte, muchos hombres mayores,  –en la mina gente con cuarenta años se jubilan, de manera obligada, la silicosis causa estragos entre los mineros-, que siempre hay demanda de personal, especialmente de la zona, las compañías están obligadas a ello. Cecilio sin hablar de esta cuestión con nadie salvo con Arcadio, entra a trabajar con él. Cándida se alegra por Cecilio, parece pensar, que de esta manera, su vida se llenará de normalidad, volverá a ser una persona útil, se sentirá más hombre, el trabajo le dará más capacidad para formarse como hombre, no es un trabajo cualquiera el de minero.
De esto, ha hablado con su madre, y Úrsula en consecuencia, se da cuenta que su hija es mucho más madura de lo que realmente parece, bien, es lo natural, las mujeres, por lo general, son más maduras que los hombres, y eso parece especialmente cierto en el caso de Cándida. Cuando arranca la primavera, Úrsula se pasea por el bosque en busca de plantas medicinales, hierbas aromáticas, que sirven en muchos casos, para curar un montón de cosas, que la mayoría de gente desconoce, incluso gente del pueblo se acerca a su casa de vez en cuando, en busca de recomendaciones y remedios, para males propios o de algún familiar. A primera hora de la tarde, ha salido de casa con una pequeña hoz y la cesta de mimbre con tapa, conoce bien el campo, de forma que aprovecha para recolectar setas que son de temporada, y que solo se dan en determinados lugares casi secretos para los demás. Se detiene debajo de un roble, se sienta y descansa, lleva más de una hora caminando, la pequeña vida que lleva en su vientre, le hace pararse de vez en cuando, se frota con cariño la tripa y se sonríe, Arcadio todavía no sabe nada, quería tener la certeza de saber que estaba embarazada, que no era un mero retraso de la menstruación.
Se levanta del suelo apoyándose en el tronco recio del roble, y entonces atiende a unas letras que están ya cicatrizadas en el tronco.  “Cándida y Cecilio, cariño verdadero”. Un escalofrío recorre su columna vertebral, ¡eso es un conjuro! De manera que ya hace tiempo que dura esta especie de amor entre ambos.
Pero el amor no es una especie, ni siquiera una subespecie, el amor es amor, llana y sencillamente eso. Ha concluido la recolección de lo que anda buscando, rápidamente, sin ser vista por nadie, salvo por los grandes árboles que la rodean, los arbustos y zarzales, a paso ligero se dirige a su casa, llega cansada, resollando como un buey, es la ansiedad que se ha acumulado en poco tiempo, la que la hace llegar en este estado.  “Maldita sea, ¿qué significa esto, como puede haber estado escondiéndome mi hija este impulso?” Se hace esta pregunta en voz alta, porque sabe que no va a encontrar respuesta alguna, no la hay, sencillamente pasó, no, mejor dicho, está pasando, y ellos, el matrimonio, están dándole todas las facilidades del mundo a ambos teniéndolos juntos bajo el mismo techo, es más, trabajando junto a su marido en la mina. Como si cualquier día, fuera a apuñalarlo por la espalda, así lo ve Úrsula.
Ha llegado el tiempo de hablar de esta cuestión como familia, primero los tres, Arcadio, Úrsula y Cándida. Aprovechan la oportunidad que les brinda, el que Cecilio se haya acercado con un vecino al pueblo, para visitar al médico, la pierna va mejorando y Cecilio está muy contento.
“Hija, he visto accidentalmente, la inscripción que hay en el roble del bosque, vuestros nombres, el tuyo y el de Cecilio juntos, y el breve mensaje que hay después… cariño verdadero, ¿eso es lo que sientes por él?”  “Si mamá, es muy buen chico, el mejor amigo que jamás he tenido, creo que los dos sentimos lo mismo el uno por el otro…” Sonriendo de manera franca, enriqueciendo con el azul profundo de sus ojos las palabras, les ruega a ambos, que por favor no lo echen de casa  “Se lo merece todo padres, aparte de teneros a vosotros, es lo mejor que me ha pasado en la vida, nos queremos como dos hermanos, el no tiene a nadie más que ha nosotros, y yo no tengo ningún hermano tampoco”  “Eso no es del todo cierto, va a llegar dentro de unos cuantos meses un nuevo miembro a esta familia”
Arcadio se vuelve hacia su mujer como un rayo, con cara de perplejidad, Cándida, salta de la silla y corre a abrazar a su madre y poner el oído sobre su vientre.  “Pero… ¿es cierto eso cariño?”  “No sé bromear con asuntos como estos, si efectivamente, este o esta, tiene ya dos meses de vida, espero que llegue a ser tan feliz, como lo somos nosotros ahora” Cecilio recibe la noticia a pie de coche, cuando el vecino lo deja en la entrada del sendero que lleva a casa de su nueva familia, llegan los dos cogidos de los hombros, hablando y riendo al mismo tiempo, Cándida es alta, casi tanto como él, llegan a la altura del matrimonio y todos se abrazan. Después de la cena, Úrsula y Arcadio salen al porche de la casa y se sientan muy juntos en el banco de madera de troncos, ella apoya la cabeza sobre el hombro de su marido, mientras este, se fuma un cigarrillo que acaba de liar.  “¿Sabes querida?, recuerdo una noche que estábamos a punto de acostarnos, y que te dije, después de andar especulando acerca de estos dos jovencitos que juegan ahora a las cartas en la cocina… no te adelantes a los acontecimientos, anda, vamos a acostarnos que hoy estoy rendido ¿lo recuerdas?”  “Si, claro que lo recuerdo”  “Pues ya ves, vale la pena tener un compás de espera, para todas las cosas de la vida, ¿quién iba a decirme a mí que volvería a ser padre con lo viejo que soy?” Los dos han estallado en una carcajada de satisfacción, dentro de la cocina, los jóvenes miran hacia afuera y luego se miran entre ellos  “Desde luego… ¡que triste debe ser hacerse mayor Cecilio!”  “Y que lo digas hermana”.


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