EL
HOMBRE DE HOJALATA
La primera
vez que vistió de caballero, lo pasó mal, desde fuera, la tribuna frente a la
cual se desarrolla la justa, las cosas se ven más fáciles. Normalmente, el
público, ve a los caballeros, montados sobre sus poderosos caballos de guerra,
tienen que acceder a ellos, desde unos escalones de madera que se plantan justo
al lado del caballo, mientras otro, sujeta las bridas del corcel, una vez
montados y acomodados, se les pasan el escudo y la lanza de madera, que solo
tiene el propósito, de desmontar al contrario cuando cabalgan en sentido
contrario, por un pasillo ancho, delimitado por una baranda de madera. De este
modo ninguno de los dos puede invadir la parte contraria del campo del
contrincante.
Pero,
una vez uno de los dos es desmontado por el otro, la cosa cambia, y mucho, hay
justas que se han efectuado a vida o muerte, después de caer uno de los
caballeros, nadie puede levantarlo, entonces, la ventaja es del que está
montado a caballo, desmonta tranquilamente, y se dirige con relativa calma, hacia
el caballero de hojalata caído, si con anterioridad, el rey, gobernante, conde,
marqués o quién sea, ha decidido que el combate es a muerte, el caballero que
está en el suelo tiene todas las de perder. ¿Quién se levanta fácilmente del
suelo con sesenta o setenta kilos de hierro encima?, todo el cuerpo es un
chirrido, desde las puntas de los dedos de los pies, hasta la pluma del casco
de la cabeza, todo es hierro, yo le llamo hojalata por ponerle un nombre.
Llevan
ambos unas espadas, que para que te cuento, pesan lo mismo que la armadura
casi, moverlas requiere además de destreza, fuerza, mucha fuerza. Son hombres
entrenados en estas lides, de manera que, imagínate a este pobre muchacho, que
de escudero, ha pasado en un abrir y cerrar de ojos a ser caballero, su dueño
está mal herido en un costado, vamos que se muere. El chico que se ofrece a ser
valedor de su amo y dice que quiere terminar la justa por él, cosa esta que la
ley permite.
Entre
que le quitan unas cosas, y le añaden otras, pasa cierto rato, mientras, el
otro caballero, el victorioso, come tranquilamente, bebe y se deja querer por
sus admiradores, que corean su nombre y títulos. ¡Que grande es ser, un paladín
sin desafiantes! Las gentes que se han ausentado de sus lugares, vuelven a
ellos, parece que falta poco, para ver el desenlace de este capítulo.
Los
escuderos del presunto ganador, vuelven a enjaezar al caballo bayo de su dueño,
lo guarnecen del casco que al igual que su amo lleva, la silla de montar es de
madera, debe ser resistente pues de otro modo, podría ser descabalgado fácilmente
por el impacto de la lanza, aunque esta sea de madera, lleva una punta roma de
plomo. El caballero mal fía del escudero, que con tanta prontitud se ha
ofrecido a sustituir al caballero con títulos, y que ahora yace malherido en un
camastro, en mitad de grandes dolores.
Ante
el asombro de todos, el escudero no quiere ser un hombre de hojalata, viste
medias azules, bota corta de borrego, y una camisola de color gris perla con un
cinturón que evidentemente no debe ser de él, le viene grande, casi le da dos
vueltas a la cintura. Al cinto lleva una daga corta, de doble filo eso sí,
metida en una funda de plata adamascada. Tampoco lleva montura, solo le han
atado al caballo una manta doble, de rayas verdes y blancas. Al llegar la hora
de la nueva carrera, salta desde el suelo a la grupa del caballo, extiende su
mano enguantada y pide la lanza, sin soporte alguno, sujeta bien la empuñadura.
A la
señal del chambelán, ambos jinetes salen espoleando a sus caballos, el criado
tensa todos los nervios de su cuerpo, se hecha hacia adelante y en el instante
del choque entre ambos, la lanza del caballero le pasa rozando el costado, le
rompe el jubón que lleva puesto, pero esto no lo amedrenta. Al llegar al final
para hacer el giro, aprecia, que el caballero, todavía no ha podido hacer girar
al caballo, deben ayudarlo a hacerlo, el caballo va vestido de hojalata como su
dueño, debe de estar sufriendo mucho el pobre animal. En la siguiente carrera,
el joven hace una extraña maniobra con su cuerpo, por un instante queda fuera
del campo de visión caballero que con su yelmo lo pierde de vista, apenas puede
mover la cabeza hacia los lados, lo siguiente que nota, es un fuerte golpe en
el pecho que lo descabalga, cae como un muñeco hacia atrás, al tocar el suelo
se golpea fuertemente las cervicales contra la arena, queda aturdido, rodilla
al suelo quiere levantarse, pero no lo consigue, una patada en la espalda hace que
con el yelmo fuera de la cabeza su cara quede hundida en la arena, de bruces.
El
pie del muchacho, aprieta la espalda del caballero y este no puede siquiera
subir la cabeza hacia la tribuna donde está el conde con su familia, el chico
saca entonces la daga, y la apunta directamente contra el cogote del caballero.
Este levanta las manos por encima de la espalda, no sin esfuerzo, y grita
pidiendo clemencia. Pídeme lo que
quieras, pero no me mates, por favor.
El muchacho mira al conde y este le indica con la mano que llegue a un
acuerdo con el vencido. ¿Me vais a
conceder aquello que os pida caballero?
Lo que quieras, hasta la mitad de mis pertenencias, pero dejadme
vivir. Solo quiero vuestro caballo,
solo eso pido, bastante ha hecho por vos señor. De acuerdo, de acuerdo, ahora mismo os lo
doy, en cuanto me ayudes a levantarme.
El
muchacho enfunda la daga, ayuda al caballero a levantarse del suelo, ahora,
este, ya en pie, desenfunda la espada y le da la vuelta al paje dejando su
cuello a merced de aquella temible arma.
¿De veras pensabas que te iba a dar mi más preciado bien, mi
caballo? Se escucha un leve silbido,
una flecha corta atraviesa el cuello del caballero que comienza a vomitar
sangre por la boca, cae de rodillas al suelo, suelta la espada, y cae de bruces
de nuevo contra la arena, que se tiñe de rojo en un instante.
El
conde, lo hace llamar, se sienta junto a él y hace que mientras, le preparen el
caballo del caballero. Aquí tienes una
carta de recomendación para todo mi territorio, el caballo es tuyo, y un lugar
a mi lado si lo deseas. Señor os lo
agradezco, pero mi oficio es el de bardo, y eso es lo que deseo seguir
haciendo, componer canciones y poemas,
recorrer castillos y aldeas y contar cuentos a las gentes para que sean un poco
más felices. Bien, sea como tú
quieres, te procuraré la seguridad oportuna a partir de ahora, no te ha de
faltar nada en el futuro.
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