jueves, 19 de junio de 2014

EL HOMBRE DE HOJALATA.


                                       EL HOMBRE DE HOJALATA


La primera vez que vistió de caballero, lo pasó mal, desde fuera, la tribuna frente a la cual se desarrolla la justa, las cosas se ven más fáciles. Normalmente, el público, ve a los caballeros, montados sobre sus poderosos caballos de guerra, tienen que acceder a ellos, desde unos escalones de madera que se plantan justo al lado del caballo, mientras otro, sujeta las bridas del corcel, una vez montados y acomodados, se les pasan el escudo y la lanza de madera, que solo tiene el propósito, de desmontar al contrario cuando cabalgan en sentido contrario, por un pasillo ancho, delimitado por una baranda de madera. De este modo ninguno de los dos puede invadir la parte contraria del campo del contrincante.
Pero, una vez uno de los dos es desmontado por el otro, la cosa cambia, y mucho, hay justas que se han efectuado a vida o muerte, después de caer uno de los caballeros, nadie puede levantarlo, entonces, la ventaja es del que está montado a caballo, desmonta tranquilamente, y se dirige con relativa calma, hacia el caballero de hojalata caído, si con anterioridad, el rey, gobernante, conde, marqués o quién sea, ha decidido que el combate es a muerte, el caballero que está en el suelo tiene todas las de perder. ¿Quién se levanta fácilmente del suelo con sesenta o setenta kilos de hierro encima?, todo el cuerpo es un chirrido, desde las puntas de los dedos de los pies, hasta la pluma del casco de la cabeza, todo es hierro, yo le llamo hojalata por ponerle un nombre.
Llevan ambos unas espadas, que para que te cuento, pesan lo mismo que la armadura casi, moverlas requiere además de destreza, fuerza, mucha fuerza. Son hombres entrenados en estas lides, de manera que, imagínate a este pobre muchacho, que de escudero, ha pasado en un abrir y cerrar de ojos a ser caballero, su dueño está mal herido en un costado, vamos que se muere. El chico que se ofrece a ser valedor de su amo y dice que quiere terminar la justa por él, cosa esta que la ley permite.
Entre que le quitan unas cosas, y le añaden otras, pasa cierto rato, mientras, el otro caballero, el victorioso, come tranquilamente, bebe y se deja querer por sus admiradores, que corean su nombre y títulos. ¡Que grande es ser, un paladín sin desafiantes! Las gentes que se han ausentado de sus lugares, vuelven a ellos, parece que falta poco, para ver el desenlace de este capítulo.
Los escuderos del presunto ganador, vuelven a enjaezar al caballo bayo de su dueño, lo guarnecen del casco que al igual que su amo lleva, la silla de montar es de madera, debe ser resistente pues de otro modo, podría ser descabalgado fácilmente por el impacto de la lanza, aunque esta sea de madera, lleva una punta roma de plomo. El caballero mal fía del escudero, que con tanta prontitud se ha ofrecido a sustituir al caballero con títulos, y que ahora yace malherido en un camastro, en mitad de grandes dolores.
Ante el asombro de todos, el escudero no quiere ser un hombre de hojalata, viste medias azules, bota corta de borrego, y una camisola de color gris perla con un cinturón que evidentemente no debe ser de él, le viene grande, casi le da dos vueltas a la cintura. Al cinto lleva una daga corta, de doble filo eso sí, metida en una funda de plata adamascada. Tampoco lleva montura, solo le han atado al caballo una manta doble, de rayas verdes y blancas. Al llegar la hora de la nueva carrera, salta desde el suelo a la grupa del caballo, extiende su mano enguantada y pide la lanza, sin soporte alguno, sujeta bien la empuñadura.
A la señal del chambelán, ambos jinetes salen espoleando a sus caballos, el criado tensa todos los nervios de su cuerpo, se hecha hacia adelante y en el instante del choque entre ambos, la lanza del caballero le pasa rozando el costado, le rompe el jubón que lleva puesto, pero esto no lo amedrenta. Al llegar al final para hacer el giro, aprecia, que el caballero, todavía no ha podido hacer girar al caballo, deben ayudarlo a hacerlo, el caballo va vestido de hojalata como su dueño, debe de estar sufriendo mucho el pobre animal. En la siguiente carrera, el joven hace una extraña maniobra con su cuerpo, por un instante queda fuera del campo de visión caballero que con su yelmo lo pierde de vista, apenas puede mover la cabeza hacia los lados, lo siguiente que nota, es un fuerte golpe en el pecho que lo descabalga, cae como un muñeco hacia atrás, al tocar el suelo se golpea fuertemente las cervicales contra la arena, queda aturdido, rodilla al suelo quiere levantarse, pero no lo consigue, una patada en la espalda hace que con el yelmo fuera de la cabeza su cara quede hundida en la arena, de bruces.
El pie del muchacho, aprieta la espalda del caballero y este no puede siquiera subir la cabeza hacia la tribuna donde está el conde con su familia, el chico saca entonces la daga, y la apunta directamente contra el cogote del caballero. Este levanta las manos por encima de la espalda, no sin esfuerzo, y grita pidiendo clemencia.   Pídeme lo que quieras, pero no me mates, por favor.   El muchacho mira al conde y este le indica con la mano que llegue a un acuerdo con el vencido.    ¿Me vais a conceder aquello que os pida caballero?   Lo que quieras, hasta la mitad de mis pertenencias, pero dejadme vivir.   Solo quiero vuestro caballo, solo eso pido, bastante ha hecho por vos señor.   De acuerdo, de acuerdo, ahora mismo os lo doy, en cuanto me ayudes a levantarme.
El muchacho enfunda la daga, ayuda al caballero a levantarse del suelo, ahora, este, ya en pie, desenfunda la espada y le da la vuelta al paje dejando su cuello a merced de aquella temible arma.   ¿De veras pensabas que te iba a dar mi más preciado bien, mi caballo?   Se escucha un leve silbido, una flecha corta atraviesa el cuello del caballero que comienza a vomitar sangre por la boca, cae de rodillas al suelo, suelta la espada, y cae de bruces de nuevo contra la arena, que se tiñe de rojo en un instante.
El conde, lo hace llamar, se sienta junto a él y hace que mientras, le preparen el caballo del caballero.   Aquí tienes una carta de recomendación para todo mi territorio, el caballo es tuyo, y un lugar a mi lado si lo deseas.   Señor os lo agradezco, pero mi oficio es el de bardo, y eso es lo que deseo seguir haciendo, componer canciones y  poemas, recorrer castillos y aldeas y contar cuentos a las gentes para que sean un poco más felices.    Bien, sea como tú quieres, te procuraré la seguridad oportuna a partir de ahora, no te ha de faltar nada en el futuro.


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