CAMINO DEL RUBICÓN.
Todos
en un momento u otro de la vida hemos tomado decisiones viscerales. Todos hemos
tenido que cargar con las consecuencias de tales decisiones, por eso, cuando
llegamos a determinados conceptos, cuando la vida nos llama a cruzar ese río,
no podemos dar marcha atrás.
Cruzar
el Rubicón representó para Julio Cesar, comenzar una guerra, una guerra que
desde el principio tenía perdida. Solo hace falta ver como terminó su vida,
asesinado por senadores y por aquel a quién consideraba como un hijo, Brutus.
Fue
tan representativa del fracaso de los hombres en su afán de tenerlo todo, que
todavía se usa el Rubicón de forma ilustrativa, de lo que puede llevar a los
hombres a su perdición, aunque al principio parezca que es la mejor decisión.
Tomar una decisión, lleva consigo pagar las consecuencias indefectiblemente, la
vida nos da determinados márgenes de maniobra, pero no siempre.
Ni
la sed de venganza, el despecho, o el desprecio, debería hacer que cruzáramos
ese río. No se puede dar marcha atrás, Julio Cesar no pudo dar media vuelta, no
hubo arrepentimientos que valieran, ya estaba hecho.
Es
mucho mejor pasear por la ribera, deleitarnos con el caudal del río, gozar de
esos momentos únicos, esto nos lleva a la reflexión, de que es lo que debemos
hacer. Cruzar esos márgenes puede equivocar nuestra vida para siempre, es
entonces cuando comenzamos a lamentarnos, cuando ya hemos cruzado el Rubicón.
Desconocemos
el futuro que nos espera, no somos profetas, no tenemos inspiración divina para
saber que hacer ni como hacerlo, por eso
se nos invita a ser humildes, a ser comedidos en todo aquello que hacemos o
decimos. Tener este talante es ser sabio, cuando ponderamos los asuntos, cuando
hacemos un análisis de las ventajas e inconvenientes que van a tener nuestras
acciones.
Por
supuesto que nos vamos a equivocar, no somos perfectos, tampoco podemos
adivinar la reacción de los demás cuando hacemos algo incorrecto, pero de
cualquier modo, es mucho mejor ser prudentes y no arriesgarnos a cruzar el
Rubicón por las buenas, no eso nos va a traer desgracia y posiblemente, roturas
dentro de nuestra alma, que no se pueden reparar.
A
medida que paseamos por la ribera del río, veremos cruzar a muchos, no debemos
juzgar si al hacerlo van a triunfar o fracasar, no somos los jueces de nadie.
Tampoco nos debe invadir un sentimiento de tristeza, muchos de ellos llegarán a
buen puerto en su andadura, no podemos distinguir quienes si lo harán o no.
En
mi caso, después de haber intentado cruzar varias veces el Rubicón, en cuanto
he sentido la humedad de sus aguas en los pies he dado marcha atrás. ¿Será por
cobardía…?, que mas da, me alegro de no haber cruzado sin tener la seguridad de
hacerlo con éxito. Hay quién piensa que si no te arriesgas no puedes adelantar
en la vida. Yo creo que no es así, también se aprende de la experiencia de los
cruzan y luego se lamentan de por vida.
No
quiero exponerme al ridículo, no quiero invitar de forma gratuita, a que los
demás se rían de mí. Si desde la otra orilla se ríen de mis paseos arriba y
abajo del Rubicón, que se rían, posiblemente tienen sus razones para hacerlo,
yo no me río de ellos, creo que el tiempo y la lógica que rige los
acontecimientos de la vida, pone a cada cual en su lugar.
¿Alegrarme
de su desgracia si fracasan…?, no para nada, no dejan de ser humanos tan dignos
y capaces como lo pueda ser cualquiera, pero… entristece verlos arrastrando los
pies con los brazos caídos, sus armas abandonadas, sin defensa alguna ante
cualquiera que los atacara en ese instante.
Cualquier
buen jinete, con la espada en la mano, podría cercenarles la cabeza de un tajo,
¡que triste final!
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