domingo, 8 de junio de 2014

CAMINO DEL RUBICÓN.


                     CAMINO DEL RUBICÓN.


Todos en un momento u otro de la vida hemos tomado decisiones viscerales. Todos hemos tenido que cargar con las consecuencias de tales decisiones, por eso, cuando llegamos a determinados conceptos, cuando la vida nos llama a cruzar ese río, no podemos dar marcha atrás.
Cruzar el Rubicón representó para Julio Cesar, comenzar una guerra, una guerra que desde el principio tenía perdida. Solo hace falta ver como terminó su vida, asesinado por senadores y por aquel a quién consideraba como un hijo, Brutus.
Fue tan representativa del fracaso de los hombres en su afán de tenerlo todo, que todavía se usa el Rubicón de forma ilustrativa, de lo que puede llevar a los hombres a su perdición, aunque al principio parezca que es la mejor decisión. Tomar una decisión, lleva consigo pagar las consecuencias indefectiblemente, la vida nos da determinados márgenes de maniobra, pero no siempre.
Ni la sed de venganza, el despecho, o el desprecio, debería hacer que cruzáramos ese río. No se puede dar marcha atrás, Julio Cesar no pudo dar media vuelta, no hubo arrepentimientos que valieran, ya estaba hecho.
Es mucho mejor pasear por la ribera, deleitarnos con el caudal del río, gozar de esos momentos únicos, esto nos lleva a la reflexión, de que es lo que debemos hacer. Cruzar esos márgenes puede equivocar nuestra vida para siempre, es entonces cuando comenzamos a lamentarnos, cuando ya hemos cruzado el Rubicón.
Desconocemos el futuro que nos espera, no somos profetas, no tenemos inspiración divina para saber que hacer  ni como hacerlo, por eso se nos invita a ser humildes, a ser comedidos en todo aquello que hacemos o decimos. Tener este talante es ser sabio, cuando ponderamos los asuntos, cuando hacemos un análisis de las ventajas e inconvenientes que van a tener nuestras acciones.
Por supuesto que nos vamos a equivocar, no somos perfectos, tampoco podemos adivinar la reacción de los demás cuando hacemos algo incorrecto, pero de cualquier modo, es mucho mejor ser prudentes y no arriesgarnos a cruzar el Rubicón por las buenas, no eso nos va a traer desgracia y posiblemente, roturas dentro de nuestra alma, que no se pueden reparar.
A medida que paseamos por la ribera del río, veremos cruzar a muchos, no debemos juzgar si al hacerlo van a triunfar o fracasar, no somos los jueces de nadie. Tampoco nos debe invadir un sentimiento de tristeza, muchos de ellos llegarán a buen puerto en su andadura, no podemos distinguir quienes si lo harán o no.
En mi caso, después de haber intentado cruzar varias veces el Rubicón, en cuanto he sentido la humedad de sus aguas en los pies he dado marcha atrás. ¿Será por cobardía…?, que mas da, me alegro de no haber cruzado sin tener la seguridad de hacerlo con éxito. Hay quién piensa que si no te arriesgas no puedes adelantar en la vida. Yo creo que no es así, también se aprende de la experiencia de los cruzan y luego se lamentan de por vida.
No quiero exponerme al ridículo, no quiero invitar de forma gratuita, a que los demás se rían de mí. Si desde la otra orilla se ríen de mis paseos arriba y abajo del Rubicón, que se rían, posiblemente tienen sus razones para hacerlo, yo no me río de ellos, creo que el tiempo y la lógica que rige los acontecimientos de la vida, pone a cada cual en su lugar.
¿Alegrarme de su desgracia si fracasan…?, no para nada, no dejan de ser humanos tan dignos y capaces como lo pueda ser cualquiera, pero… entristece verlos arrastrando los pies con los brazos caídos, sus armas abandonadas, sin defensa alguna ante cualquiera que los atacara en ese instante.
Cualquier buen jinete, con la espada en la mano, podría cercenarles la cabeza de un tajo, ¡que triste final!


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