EL BALCÓN DE MI CALLE
No
es que sea el único, hay muchos más, de hecho, casi todas las casas –pisos
construidos en los años 40-, tienen balcones, otros como el nuestro, tiene
balcón por la parte de delante y galería detrás, allí se cuelga la colada,
equipada con un lavadero de piedra artificial, se frota la ropa, se golpea
contra la piedra, con tal de dejarla más o menos limpia de manchas.
El
balcón del que hablo, es un tanto peculiar, es normal en si mismo, con una
pequeña diferencia, a determinadas horas del día, y algunas veces por la noche,
cuelga de la baranda una cretona, un cubrecamas de colores casi incendiarios.
Cuando volvemos del colegio, mi hermano y yo, nos preguntamos a santo de qué,
estaba esa cretona colgada de la baranda, pero claro, entonces tienes otras
cosas en la cabeza. Llegábamos del colegio, y mi abuela nos tenía preparadas
dos trozos de pan, yescas de pan de kilo, remojadas en vino con azúcar por
encima.
Salíamos
a la calle a jugar con los amigos de nuestra edad, y en una ocasión, estaban
hablando de la señora Nieves, la señora que junto a su marido, habitan el piso
de la cretona en el balcón. Obligadamente, hay que comenzar diciendo que no
tienen hijos, viven solos, el piso no es demasiado grande, aunque tiene dos
habitaciones dobles y una más pequeña, nuestro amigo José Mari vive dos pisos
debajo de ellos, los pisos son idénticos. Uno de nuestros amigos algo más mayor
que nosotros, nos informó que la señora Nieves, recibía visitas de señores en
su casa. Pasaban un par de horas allí y luego se iban, mientras alguno de ellos
estaba con ella, colgaba la pieza de cama sobre la baranda.
En
el barrio, no se especulaba sobre este hecho, había hambre por aquellos años y
la gente buscaba recursos donde podía. No entendíamos entonces, todo lo que
sucedía a nuestro alrededor, pero lo cierto es, que este barrio nuestro, tenía
la fama, de ser un barrio lleno de prostitutas y maricones. Bueno, también
había gente normal y trabajadora, como mis padres e incluso mi abuela, que
trabajaba esporádicamente, como sastresa para una compañía de variedades,
arreglaba vestidos y cosía lentejuelas.
Ángel,
el marido de Nieves, trabajaba en una bóvila cercana a su casa, fabricaban
mahones, tejas, y toda clase de elementos para la construcción derivados de la
arcilla, pese a estar trabajando a cinco minutos a pie de su casa, comía en el
trabajo, marchaba a trabajar a las siete de la mañana y volvía a las siete de
la tarde. Pero si estaba la pieza de cama colgada del balcón, daba media vuelta
y se iba al bar “Angeles”, se sentaba en una mesa, y se quedaba allí bebiendo
una barecha de anís, hasta que su mujer salía al balcón, y retiraba la
cobertura de la cama para dejarla de nuevo en su lugar, entonces
tranquilamente, pagaba la consumición y con paso lento se iba a su casa.
Este
hombre era un tanto especial –desde mi punto de vista-, siempre tenía la misma
expresión, lo comparaba con los ladrillos que se fabricaban en su trabajo,
todos con la misma forma, con el mismo color, vamos, se diría que con la misma
expresión, lo mismo que él. Saludaba con un hola o adiós, siempre caminado
igual, con el pie derecho metido hacia adentro, fruto de un accidente que tuvo
en el trabajo hacía años, y con esta expresión indefinible, se metía en el portal
de su casa y subía hasta su piso.
Doña
Fernanda, la vecina de al lado que tampoco era de mucho hablar, le contaba un
día a una amiga lavandera –un poco más debajo de la calle había una lavandería
pública-, que casi no se les oía, pero por las noches, decía, montaban un
escándalo de narices, el cabezal de su cama daba al de la pareja, y desde las
diez a las once u once y media, allí no había quién durmiera. Gracias a que soy
viuda, decía Fernanda, porque chica, a ella se la oye gemir y respirar como si
estuvieran dentro de mi cama. Con los años, ya un poco más mayor, aquella
rutina de la colcha en el balcón a determinadas horas, perdió interés para mí.
Era algo, a lo que ya estaba acostumbrado, ya sabía a que se debía aquella
maniobra de la colcha en la baranda, era una señal para su marido. No subas a
casa todavía que estoy ocupada. Esto quería decir, no sé lo que debería cobrar
aquel hombre por su trabajo, pero por mi propia experiencia, podía deducir, que
trabajaba mucho y cobraba poco.
Años
difíciles aquellos, encontrabas trabajo, siempre había demanda de obreros, para
casi todo, eso sí, que te obligaran a trabajar muchas horas, y te pagaran una
mierda, era de lo más común. De modo que la señora Nieves, se sacaba un
dinerillo extra, haciendo además, algo que al parecer, le gustaba mucho. No hay
nada mejor que esto, trabajar en lo que a ti te gusta, y ojo, sin tener que
pagar impuestos por ello, varias veces al mes, recibía a unos cuantos guardias
municipales vestidos de paisano. Eso si que es guardarse bien las espaldas.
Cuando me fui del barrio, me casé y me fui a vivir a otra parte, Nieves tendría
alrededor de treintaicinco años más o menos, la recuerdo con una gran melena
castaño claro, sujeta por una diadema, con la cara levantada, erguida, con
hombros de nadadora, cuadrados, alta como su marido sin necesidad de llevar
tacón, una mujerona vamos.
He
vuelto a mi antiguo barrio, después de tres años de ausencia, esperaba que las
cosas no hubieran cambiado demasiado, me equivocaba, hay casas nuevas, donde
antes habían bloques de cuatro o cinco pisos bastante desastrosos ya. De
pronto, la vista se me ha ido hacia el balcón de la casa de Nieves y Ángel, la
cretona está colgada en la baranda, no he podido resistir el sonreírme, y
sentirme orgulloso de la parte del barrio, que todavía queda en pie.
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